La boda de Blanca en Sevilla con un vestido caftán

Un vestido caftán para Blanca, la novia del look lencero

Nuestra protagonista se casó en Sevilla con un elegante diseño desmontable de García Forcada

por Estrella Albendea

De novia a novia siempre existen consejos que, con el paso de los años, se han convertido en máximas en el proceso de creación del vestido nupcial. El que Blanca ofrece a todas las prometidas que están a punto de dar el ‘sí,quiero’ es un clásico que merece la pena recordar: “Escucha segundas opiniones porque entre ellas puedes encontrar una idea que te guste y que no se te había ocurrido. Pero nunca, nunca elijas algo contrario a lo que sientes, por mucho que te lo diga tu madre, suegra, amiga o diseñador… Da igual que ellas no estén tan entusiasmadas con el diseño como tú, es tu vestido”, recomienda. Así lo hizo ella misma en su boda, celebrada el 10 de octubre de 2020 en el corazón de Sevilla. 

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“Aunque nuestra fecha inicial era el 6 de junio de 2020 a las 19:30 horas, la incertidumbre causada por la aparición del Covid y el confinamiento nos hicieron reservar una segunda fecha, que elegimos por dejar cierto espacio de tiempo desde la inicial para ver si las cosas se calmaban y porque era cuando coincidían todos los proveedores”, puntualiza. Fue así como emplazaron a sus invitados a la sevillana Iglesia de San Jorge del Hospital de la Caridad unos meses más tarde. Para la celebración posterior los novios confiaron en el espectacular Cortijo El Esparragal.

Un vestido convertible

En ambos escenarios, el otro gran protagonista más allá de la propia pareja, fue el vestido convertible de la novia. Ideado por Rafael García Forcada, el look desmontable era una suerte de túnica por un lado y un diseño lencero por otro. “Tenía claro que quería llevar un lencero, que el diseño fuera elegante y sensual. Más adelante se me ocurrió la idea de llevar un vestido que fuera dos en uno, efecto sorpresa: durante la misa llevaría algo tipo capa, caftán y luego en la celebración me lo quitaría y aparecería el lencero”, explica Blanca. El cambio de fecha no afectó al estilismo, que se mantuvo como el que la novia y el diseñador plantearon desde el inicio. Eso sí: “Por si refrescara algo durante la noche García Forcada, el diseñador, me hizo una estola de terciopelo blanca ideal”.

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A pesar del éxito de este look elegante y sin estridencias, Blanca admite que no fue fácil encontrar un diseñador con el que se sintiera cómoda: “Al principio pensé en dos diseñadores de los que no estaba muy convencida. Luego ví el vestido de una novia en su boda (acudí a escuchar el coro para la mía) y tuve un flechazo. Averigüé que el diseñador era García Forcada y cuando buceé un poco en su cuenta de Instagram lo tuve clarísimo, era él”. 

Desde aquel primer encuentro brotaron las ideas entre ambos, algunas muy originales, que se mantuvieron, como relata la novia. “Del final del escote de la espalda salían dos tramos de tela en color plata que daban mucho juego porque se podían quedar sueltos, atarse haciendo un lazo o echarse sobre los hombros para cubrirse del frío. Esto último se le ocurrió a Rafa, es muy ingenioso y creativo. Además también se le ocurrió colocar el broche de la tiara de mi suegra en el pico del escote de la espalda, quedó espectacular”.

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Accesorios con historia

Además del precioso broche, hubo otros complementos que la hicieron brillar: desde sus sandalias minimalistas de tiras, firmadas por Aquazzura, hasta sus joyas: “Los pendientes que llevé son una joya familiar que me dejó mi abuela materna y que también había llevado mi madre en su boda”. Esas piezas las acompañó con el maquillaje natural de Sonia Rodríguez Garcerán, a quien conoce desde la infancia y la peluquería de Bruno Pantoja, que le hizo un recogido desenfadado para la ocasión y añadió dos diademas (reconvertidas de la tiara que le dejó su suegra y que ella llevó en su boda) ligeramente separadas a la altura de la coronilla. A todo ello se sumó un romántico ramo de novia, de Brunia Floral, que en un principio iba a ser de peonías y definitivamente fue de rosas blancas de jardín.                                                                                                             

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Decorar una boda de principios de otoño

Fueron esas mismas flores, en tonos claros, las protagonistas de la decoración tanto en la iglesia como en el espacio elegido para la ocasión. Blanca reconoce que para idear todos aquellos rincones mágicos de la boda se dejó guiar por la máxima de Mies van der Rohe ‘menos es más’. “En el caso de la Iglesia tenía claro que quería flores blancas y poca cantidad; elegí como flor principal la paniculata y la combiné con algo de alhelíes. Colocaron flores a ambos extremos de la escalera que da al altar, un centro grande debajo del altar y dos pequeños encima del este”, indica.

Aunque El Esparragal es un espacio muy cuidado y de gran belleza histórica, se animaron a decorar y hacer uso del jardín y la entrada: “En la entrada, sobre el albero, se colocaron varias alfombras redondas de yute con el bordado en su interior de una estrella, acompañadas de una decoración floral en tonos rosas y burdeos. A la entrada le seguía un patio empedrado que utilizamos para dar un cóctel de bienvenida que era muy corto, por lo que simplemente se colocaron algunas mesas de cóctel con manteles blancos”.

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Cambios constantes

El resultado no pudo ser más elegante y bonito, lo cual recompensó a los novios, que vivieron momentos de incertidumbre antes del gran día. Confiesa Blanca que, aunque el proceso le enseñó a adaptarse y aceptar las circunstancias de la vida, fue muy duro: “Ha sido una experiencia difícil y, como todo lo difícil, también enriquecedora. Difícil por la cantidad de cambios que tuvimos que introducir, casi hasta una semana antes de casarnos, estando siempre en el aire la posibilidad de que se cancelara la boda”. Y continúa: “Esto genera mucho estrés y hace que uno de los eventos más importantes de tu vida pueda ser a veces desilusionante. Además hubo algunas personas muy importantes para mí y para mi marido que no pudieron asistir como amigos íntimos, abuelos y padrinos”, explica.

Uno de esos cambios que condicionó la idea inicial de la pareja fue la sustitución de la iglesia que tenían en mente, por la definitiva. “Me entristeció mucho. Nuestra idea era casarnos en la Parroquia de San Andrés; es sumamente bonita y sencilla y yo tengo un vínculo especial con ella porque es la Parroquia de mi barrio, se puede ver desde el balcón de la casa de mis padres, en ella hice la comunión y en la ‘placita’ que hay a sus pies he jugado innumerables tardes, con mis amigos de la infancia”, introduce. Al cambiar la fecha del enlace y verse obligados a organizarlo como una boda de día y no como una de tarde, por el toque de queda, el templo no estaba disponible. Después llegó una reducción de aforo que les obligó a dejar fuera a numerosos invitados: de los 300 planteados, solo pudieron estar 150.

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Amor contra el tiempo

Los convidados que sí tuvieron la suerte de asistir pudieron contemplar uno de los momentos que más emocionaron a la novia, el baile nupcial: “Para mi lo más especial fue un detalle más simple…el abrazo que nos dimos cuando terminó el baile. Creo que fue un momento en el que nos soltamos, en el que el estrés acumulado de los meses atrás se fue y el que los nervios del propio baile también quedaron atrás. Pudimos, por fin, saborear que nos habíamos casado, con lo que eso realmente implica: saber que la persona que has elegido es la adecuada”, confiesa.

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Y es que los años no pasan para el amor que esta pareja se profesa. Se conocieron cuando ella tenía tan solo 12 años y el 20. Tiempo después se volvieron a cruzar, pero no fue hasta el verano de 2012 (cuando ella cumplía 20 años y el tenía 28) cuando comenzó todo: “Él le dijo a una de mis mejores amigas: ‘que sepas que tu amiga no lo sabe, pero se va a sacar conmigo’. ¡Y así fue! A partir de entonces no paramos de hablar y vernos hasta que comenzamos a salir casi un año después”, concluye Blanca. Y, en 2020 a pesar de todo, no hubo mejor forma de festejar todo lo que los unía que en su esperada boda, con menos asistentes de los previstos, pero con las mismas ganas de celebrar o más, si cabe.

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